El Avión en Manuel Antonio: una comida con vistas y tormenta
Contenido elaborado a partir de nuestro viaje a Costa Rica en septiembre de 2024 · Actualizado en octubre de 2026
Fuimos a comer al restaurante El Avión en Manuel Antonio, Costa Rica, un lugar que lleva bastante lejos lo de tener una decoración original: tiene un avión de verdad integrado en el local. Así resulta fácil recordar el nombre.

Aunque el avión despierte la curiosidad, sentarse con vistas al Pacífico también tiene sus argumentos. El día acompañaba y desde nuestra mesa teníamos la vegetación y el mar al fondo. Una buena parada para comer durante nuestra ruta por Costa Rica en 10 días.
Lo que todavía no sabíamos era que la comida incluía un cambio de tiempo exprés.
El pronóstico del tiempo lo llevaba el personal
Estábamos tan tranquilos cuando vimos a los trabajadores ir corriendo a bajar el toldo. Ese movimiento coordinado tenía algo de aviso: ellos habían visto algo que nosotros todavía no.
Y, efectivamente, al cabo de nada cayó una tormenta.
Diez minutos. Lo suficiente para entender las prisas del personal y comprobar que, en aquella terraza, consultar la aplicación del tiempo era bastante menos útil que mirar a los camareros.
Después se despejó. Buen tiempo, tormenta y buen tiempo otra vez, todo en lo que duraba una comida. El personal, desde luego, tenía bastante mejor dominado el asunto que nosotros.
Fue una de esas pequeñas escenas que acaban formando parte del recuerdo de un lugar. Puedes olvidar qué ponía exactamente en la carta, pero lo del toldo se queda.
Y la comida, ¿estaba a la altura?
En nuestro caso sí, todo estaba muy bueno. Y esto importa, porque un restaurante con un avión y esas vistas tiene bastante trabajo hecho antes de servir el primer plato. La duda razonable es si, además del escenario, vas a disfrutar de la comida.
Marta pidió una ensalada bien colorida y yo un plato de camarones con arroz y verduras. Con el Pacífico al fondo y la comida delante, había motivos para quedarse un rato.


Para terminar, yo me pedí una tarta y Marta un zumo de frutas naturales. Mi porción llegó con cobertura y una cereza arriba, que no sé si cuenta como ración de fruta, pero hice lo posible por convencerme de que sí.


La comida nos gustó y eso terminó de redondear la visita. Las vistas podían llevarse buena parte de las fotos, pero los platos también merecieron su momento.
Entrar en el avión era parte del plan
También entramos en el avión, y fue una pasada. Por fuera llama la atención; por dentro puedes ver la estructura del fuselaje y cómo se ha aprovechado el espacio para convertirlo en un bar. La forma del interior, los asientos y la barra hacen que apetezca detenerse a curiosear.

Es un Fairchild C-123 de carga, con el restaurante construido alrededor y por encima de él. Eso explica por qué la experiencia va más allá de entrar en un local decorado con motivos de aviación.
Además, después de comer así, se agradece subir a un avión en el que abrocharse el cinturón es opcional.
¿Merece la pena comer en El Avión?
Lo recordamos caro en comparación con otros lugares donde comimos durante el viaje. No conservamos el importe exacto, pero sí la sensación de que aquella comida estaba por encima de lo que habíamos pagado en otros restaurantes.
Nuestra impresión es que parte del precio corresponde a las vistas, al servicio y a un local bastante singular. Eso no justifica cualquier cuenta, pero sí es algo que tendríamos en cuenta al decidir si volver.
Para una comida económica, buscaríamos otra opción. Para sentarnos sin prisas, disfrutar del entorno y comer bien, a nosotros nos compensó. El avión atrae la atención, pero lo que nos haría repetir es que tanto el lugar como la comida nos gustaron.
Nuestra experiencia:
La tormenta añadió una anécdota que no venía en la carta. Eso sí: la próxima vez que veamos al personal correr hacia el toldo, no necesitaremos esperar a la primera gota.
